jueves, 20 de enero de 2011

DISCURSO DEL DEL DIP. ENRIQUE DOGER GUERRERO EN EL INICIO DE LA LVIII LEGISLATURA


Compañeras y compañeros diputados, integrantes de la Quincuagésima Octava Legislatura.
Es para mí un honor dirigirme desde la más alta tribuna del Estado, a los ciudadanos de Puebla, representados en este Palacio Legislativo por cada uno de ustedes.
Siempre he pensado que la actividad legislativa es de las más nobles en el ejercicio público, pero a la vez, quizá la de mayor exigencia y de mayor responsabilidad.
Es alto el descrédito que tienen los ciudadanos hacia los legisladores. Son muchas las dudas y los reclamos, y pocas las certezas y beneficios que encuentran ante la labor que se desempeña en este recinto. La tarea es, por tanto, profusa y compleja.
No venimos aquí a levantar discusiones estériles, ni a asumir posturas de manera sistemática; tampoco a generar enconos y mucho menos a descalificarnos. Por razones como esas, es que la gente está cansada de la política y de los políticos.
Uno de los retos de esta Legislatura debe ser, garantizar el derecho a las opiniones de todos, en un marco de respeto y civilidad. No olvidemos que la regla máxima de la deliberación parlamentaria, es el inminente respeto a la dignidad humana y a las ideas políticas expresadas libremente. Mi primer llamado, como miembro de esta Asamblea, es a que mantengamos elevado el nivel del debate, durante los tres años de ejercicio constitucional.
El artículo 41 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, es claro al señalar que “el pueblo ejerce su soberanía por medio de los Poderes de la Unión, y en los estados, de acuerdo a sus regímenes interiores”, pero también señala que “le corresponde a los Partidos Políticos, promover la participación del pueblo en la vida democrática …y como organizaciones de ciudadanos, hacer posibles el acceso de estos al ejercicio del poder público, de acuerdo con los programas, principios e ideas que postulan…”
Así, con el Contrato Social de Rousseau, nace el concepto de soberanía popular, y en la Constitución francesa de 1793, quedó establecido que “la soberanía reside en el pueblo…” mientras que, Lavate Sieyés estableció que “los parlamentarios son representantes y no mandatarios, y ejercerán sus cargos mediante una cuota de responsabilidad y objetividad a la hora de legislar.
De tal manera que, de Rousseau nace el concepto de soberanía popular, mientras que de Sieyés nace el de Soberanía Nacional, ambos conceptos se dan indistintamente en constituciones modernas en prácticamente todos los regímenes democráticos.
Por lo tanto, no confundamos la estrategia electoral con la acción política. Las alianzas formadas por distintas fuerzas políticas durante la pasada contienda electoral, no deben constituirse en bloques que obstaculicen los acuerdos democráticos de éste Congreso.
Si bien es cierto que llegamos hasta esta Cámara postulados bajo las siglas de un instituto político o una Coalición, no son los partidos los que deben marcar la Agenda Legislativa, ésta debe estar en función de la realidad social, política, y económica que afecta a nuestros representados.
Los Partidos, como ya lo señalé, son importantes en toda democracia, ya que son los articuladores de la relación entre la sociedad y el Estado, son también los canales institucionales mediante los cuales, cualquier ciudadano puede acceder al Poder Público; y son además, los encargados de mover a la conciencia de la opinión pública y educar a los ciudadanos en la democracia. Esas funciones socializadoras de los partidos son las que tenemos que promover con vehemencia desde nuestra actual posición, y no convertir este recinto en un Palacio de la Partidocracia, que nos puede llevar a la estatización de la sociedad, a través de organizaciones ideológicas antagónicas, pero reconocidas y financiadas de manera privilegiada, por la “moderna legislación electoral”. Eso compañeros diputados, sería totalitarismo.
De ahí, que las decisiones que se tomen al interior de este Parlamento, y que incidirán en la vida política del estado y sus ciudadanos, deben ser mediante el ejercicio de la razón y el debate de las ideas, y no por injerencia de los dirigentes de partido y menos por los gobernantes, que pretendan obligar a los representantes populares a seguir ciertos mandatos.
El Estado de Partidos, se contrapone al Estado democrático al que todos aspiramos, secuestra la libertad política y vulnera la separación de los poderes. ¿Cómo se evita ese Estado? A través de la lucha que demos al seno de este cuerpo de representantes, para reafirmar la Autonomía del Poder Legislativo, y a través de la lucha que demos nosotros mismos, como pares, para evitar la intromisión de agentes externos a la vida intrínseca de esta soberanía.
Esta reflexión, compañeros diputados, viene a colación por la manera en que iniciaron los trabajos de ésta Legislatura. Las recientes diferencias –hechas públicas- entre algunas fuerzas políticas que en el pasado reciente fueron “aliadas” ha generado un clima de inestabilidad que ha nadie conviene.
Siempre lo manifestamos y hoy lo reiteramos: las Alianzas político-electorales pueden resultar contraproducentes cuando se realizan por un fin pragmático y no ideológico. Son los riesgos de ver a la democracia como un medio y no como un fin; es el costo de reducir a la democracia a una simple contienda electoral. Los resultados de esas decisiones, hoy las estamos viendo.
Es válido que dos o más fuerzas se unan para alcanzar un mismo interés, lo que no es válido, es que lo hagan a costa de su ideología y transigiendo con sus propios principios, a eso se le llama: pragmatismo político.
¿Cómo se puede entender la unión entre la izquierda y la derecha? ¿Cómo interpretar una alianza entre instituciones tan disímbolas entre sí? Nos cuesta trabajo imaginar una alianza entre los Tories y los Whigs británicos; entre los Demócratas y los Republicanos norteamericanos; o entre los Liberales y Conservadores franceses. Por eso nunca entendimos la “Coalición” formada entre PAN, PRD, Nueva alianza y Convergencia.
Como institutos políticos merecen todo nuestro respeto, lo que criticamos, fue la decisión de formar un bloque electoral, lo cual, más que un acto de fomento democrático –como en su momento se autocalificaron- fue un rasgo de neoliberalismo político.
Fue un experimento riesgoso, y como todo experimento tuvo sus aciertos y sus errores. El acierto fue promover la participación ciudadana; el error, mezclar dos idearios opuestos con fines prácticos y cortoplacistas.
Un experimento, compañeras y compañeros, que le corresponde a las fuerzas políticas coaligadas dirimir y armonizar. El éxito o el fracaso de esa empresa política, es responsabilidad de los suscribientes, lo que no vamos a permitir –como priistas- es que de esa controversia dependa el éxito o fracaso de ésta Legislatura.
Por eso, mi segundo llamado desde esta tribuna, es a que seamos un Congreso de diputados con principios arraigados, y no de políticos “light” que cambien su postura de acuerdo a las coyunturas políticas.
Los integrantes de la fracción parlamentaria del PRI nos comprometemos a construir un Congreso actuante, tolerante, autónomo, que haga del debate un ejercicio dialéctico, en el que, sin renunciar a nuestros principios y convicciones, lleguemos a acuerdos en beneficio de Puebla y los poblanos.
Nos comprometemos a que sea la política el hilo que teja los acuerdos parlamentarios, porque reconocemos que es la política la única herramienta que tiene el Congreso para transformar la realidad social de los poblanos. No debemos permitir que se siga sosteniendo que la política es algo nefasto o un mal necesario, tampoco debemos permitir que la representación popular anteponga intereses particulares o de grupo al bien superior de Puebla. La política es de todos y para todos, defender la democracia implica comprometerse, conocer de qué se trata.
Es poner lo que cada uno puede aportar sin esperar nada a cambio, más que el bien general y el engrandecimiento de nuestro Estado.
Es cuanto, señor Presidente.

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